lunes, 23 de diciembre de 2013

Martillo de enemigos

Habían sido elegidos para liberar a Larsson. Los Cara de Hierro lo habían atrapado en una emboscada y se lo habían llevado a la Ciudadela Blanca, aquella vasta fortaleza que flotaba sobre un abismo. El plan de El Viejo sugería entrar en la misma y aguardar a que el camino a la celda estuviera despejado. Seguirían los pasos indicados por El Rata, estratega y amante del queso por igual, quien conocía la ciudadela desde su tiempo como prisionero. Todos creían que el plan era una locura por parecer improvisado, pero no tenían mucha opción; Larsson era de vital importancia para el ataque. El Viejo confiaba en el ego de sus enemigos para dejar desprotegida una zona que pensaban imposible de alcanzar. El hombre entrado en años solía ser seguro de sí mismo; seguridad que contagiaba con sus palabras.
Con el Sin Sombra, el deslizador espacial—aquel vehículo que habían hurtado con dispositivo de invisibilidad—, llegaron a las alcantarillas del oeste de la ciudadela. Se metieron en el agua pútrida con ropas miméticas, aquellas con las que se camuflaban automáticamente con el entorno. Avanzaron lento contra la corriente, hasta dar con el pasadizo que mencionó el Rata. Subieron unos metros hasta alcanzar una puerta de acero reforzado y Ben hizo lo suyo para hackearla con su brazalete. Tras pasar, se encontraron ante un paisaje desconcertante: paredes de ladrillos tan antiguos como las películas de monstruos antiguas. Musgo y humedad rodeaban el pasillo y las escaleras, el angosto túnel cilíndrico que las protegía era una serpiente oscura que descendía hasta el infinito, apenas iluminada por algunas antorchas artificiales. Los tres activaron el secado de sus ropas y comenzaron a bajar, hasta llegar a donde se encontraban en ese momento.

miércoles, 17 de julio de 2013

Apagando un sueño

“Apaga todas juntas” me decían. “Sopla fuerte” me decían. ¡Dios, qué pesados! Todos los años lo mismo, que pida tres deseos, que los piense con fuerza, que todos se van a cumplir. Sin embargo, cada año pedía lo mismo, ¡las tres veces!, y nunca se cumplía. Que desazón esperar todo el año para ver incumplido mi deseo.
En cierto punto pensaba: “Quizás sea que deben apagarse todas al mismo tiempo”. Entonces al siguiente cumple lo intentaba. Nada.
¿Será que debo apagarlas en diagonal? Menos.
Quizás... ¿Tapándome las orejas? ¿Saltando en un pie, mientras soplo una por una? No, no, no. Siempre igual.
Por lo que dejé de pedirlo, dejé de desear. Esto de los deseos era una farsa; ¿lo habrá inventado algún egipcio, quién vaya uno a saber, y así exportaron la costumbre a todos lados?
Lo que me intriga, ahora que lo pienso, son los regalos. ¿Por qué será? ¿Festejan que un nuevo año pasó en tu vida y por eso te dan un suéter?
Definitivamente lo habrá inventado alguna empresa egipcia fabricante de cosas que solo se podían regalar, porque nadie lo compraría.
¡Cuántas empresas surgieron así! “Regalos para todos”, fue como una bola de nieve, cayendo, sin escalas. Cansado de tanta farsa, dije a todos: “no festejo más”.
Fue en ese cumpleaños, que, solo en mi casa, apareció mi abuelo y me dijo: “Nene, ¿por qué no dejas de joder con verme de nuevo? Viví la vida y pedí deseos coherentes, querés! Disfrutá.” Con un abrazo se esfumó, como si nunca hubiera estado. No supe si estuve durmiendo, o si realmente estuvo ahí. El abrazo.... lo sentí. La sensación, quedó.

Fui hasta el teléfono y marqué: una voz de una mujer grande me atendió, y solo le dije: “Ma, ¿podemos hacer algo todavía?”


***

Del ejercicio "El rito de soplar el fuego de una vela" (del taller literario Cofradía de la Luna Llena).
El trabajo consistía en escribir un relato sobre el rito de pedir un deseo en un cumpleaños y sus consecuencias, como los regalos. Se debe hacer en base a un personaje.

viernes, 28 de junio de 2013

Tan negro como la obsidiana

Uno

—Buscaremos la pirámide de Quet’Hai-Long —comentó el alquimista al señalar un punto en un mapa más antiguo que el mundo. Miró a su comandante, el jefe de la Guardia Real, aguardando una opinión que no atendería si no era lo que deseaba oír en ese momento.
—Señor —dijo él—, está hablando de cruzar el Desierto del Cancerbero. Usted sabe que es imposible, jamás ha regresado nadie de allí con vida.
—¡Idiota! ¿Es que aún no lo comprendes? ¡Estoy hablando de inmortalidad! En esa pirámide se encuentra mi salvación a un castigo eterno. Con nuestra ciencia es posible cruzarlo; he descubierto, estudiado y construido artefactos con los que ningún otro reino pudo siquiera soñar.
El anciano hablaba con verdad. Gracias a él se había dominado la tecnología de las ruinas de civilizaciones antiguas, descubriendo que con los huesos de dragón la energía era ilimitada para aquellas armas perdidas eones atrás. El coste de la guerra a un culto religioso para cazar a los reptiles gigantes fue insignificante, comparado con el reino que forjó.
—Muy bien, haré los preparativos entonces. ¿Qué necesitamos?
—En este lugar los compases no funcionan, ni siquiera los forjados por mis manos. Pero... tengo una idea desde hace un tiempo. “Invitaremos” a la sensual oráculo del Templo de las Estrellas, que seguramente, a pesar de su ceguera, sabrá indicarnos el camino.
—Como ordene, señor —. Lawrence hizo un saludo formal y se dispuso a salir de la sala.
—¡Algo más! —dijo el anciano, mientras se acercaba al caballero—: Escoge a unos pocos caballeros de tu entera confianza, y contrata a un grupo de mercenarios que puedan emplearse como cebo para las bestias del desierto... De ser necesario, claro.
La sonrisa ladina del rey alquimista dio por finalizada la reunión.

martes, 1 de enero de 2013

La búsqueda del Guerrero-Rey

Ha pasado demasiado tiempo, y siento que mi mente y voluntad flaquean en la fina línea de la cordura. Miro este paraje, es tan desértico, vasto y desolador; el sol me castiga con furia divina por el solo hecho de recorrerlo a pie. Ya no tengo agua, mi bota está reseca por todos los días que llevo sin llenarla. Estoy loco, pero mi alma no podrá descansar en paz hasta que no la encuentre. Aquella que me arrebataron. Aquella que me trajo tantas victorias como derrotas por igual.
Mis ropas blancas son un salvoconducto a este calor que sofoca intensamente. Mi piel, tostada y reseca, la siento demasiado rígida; la barba me pica, me desagrada tenerla tan poblada y enredada. Por suerte, mi capucha me da sombra y permite que mire a los confines sin cansar la vista.
El camino es duro, difícil. De día, la tierra yerma que recorro es un infierno en vida. De noche, el frío es desolador. Pese a todo, mi cuerpo ya no siente dolor. Yo ya no siento. Mi mente viaja por recuerdos vagos y lejanos, por remembranzas dolorosas que no quería recordar, pero lo hago. Recuerdo aquel día como si fuera hoy.