martes, 1 de enero de 2013

La búsqueda del Guerrero-Rey

Ha pasado demasiado tiempo, y siento que mi mente y voluntad flaquean en la fina línea de la cordura. Miro este paraje, es tan desértico, vasto y desolador; el sol me castiga con furia divina por el solo hecho de recorrerlo a pie. Ya no tengo agua, mi bota está reseca por todos los días que llevo sin llenarla. Estoy loco, pero mi alma no podrá descansar en paz hasta que no la encuentre. Aquella que me arrebataron. Aquella que me trajo tantas victorias como derrotas por igual.
Mis ropas blancas son un salvoconducto a este calor que sofoca intensamente. Mi piel, tostada y reseca, la siento demasiado rígida; la barba me pica, me desagrada tenerla tan poblada y enredada. Por suerte, mi capucha me da sombra y permite que mire a los confines sin cansar la vista.
El camino es duro, difícil. De día, la tierra yerma que recorro es un infierno en vida. De noche, el frío es desolador. Pese a todo, mi cuerpo ya no siente dolor. Yo ya no siento. Mi mente viaja por recuerdos vagos y lejanos, por remembranzas dolorosas que no quería recordar, pero lo hago. Recuerdo aquel día como si fuera hoy.



Me encontraba como juez y verdugo en la tarima, aguardándolo a él, a quien traían fuertemente encadenado. Era un hombre de gesto orgulloso y siempre se mantenía erguido. Vestía ese día con llamativos ropajes de colores rojo y púrpura. Un ser pálido, demasiado para alguien vivo, que poseía unos ojos ámbar y semblante maligno.
Recuerdo que lo vi flaco, muy flaco, aunque su postura no mostraba debilidad alguna. Me mantuvo la mirada fija y con determinación durante todo el trayecto, en el cual no titubeó en ningún momento.
Postraron al bandido frente a mí, agachado y apoyando su cuello sobre la madera. Debajo había un canasto esperando una visita no muy amena.

—Esta muerte será tu perdición, joven Rey —me dijo sin mostrar miedo alguno.
—No lo será, brujo —le respondí. La aversión que sentía al pronunciar esa palabra me hizo subir la bilis a la garganta—. Tu muerte traerá, por fin, prosperidad a mi pueblo. Ya no más guerras, no más batallas sin sentido.
—Eres optimista… y estúpido. Una combinación peligrosa —sonrió—. No perdamos más tiempo, adelante con tu obra, asesino.

El golpe fue rápido y certero. Bajé la espada a gran velocidad y bastó un solo corte para que la cabeza cayera en el centro del canasto. La alegría duró unos instantes. Cuando quise levantarla y apuntar hacia el cielo, para dar el grito de la victoria y enardecer al pueblo, había desaparecido. No me di cuenta cuándo, ni cómo, ni por qué. Solo sabía que la había perdido. Perplejo, di un vistazo a todo el pueblo, y cada habitante que observaba con mis ojos me mostraba un temor repentino. Lo olía en el aire. De repente, escuché un eco lejano de unas horrendas carcajadas mientras miraba mis manos, sin saber qué hacer, qué pensar.
Mi mujer fue la primera en ir a abrazarme, feliz porque yo, su amado Rey, había ajusticiado a aquel cruel hombre que el mundo conocía simplemente como El Brujo. Aunque quise, no pude devolverle el abrazo. Seguía turbado. La espada heredada de mi padre, la obra maestra de los alquimistas y herreros que trabajaron en ella durante años. Aquella con la que derroté a tantos hombres, y con la que lideré a mi ejército a la victoria frente a la horda de no-muertos que había traído aquel ser tenebroso, se había esfumado.
Hice a un lado a mi dama, triste pasé por al lado de mi niño que me sonreía tiernamente y bajé del estrado. Ella marchó tras de mí, confundida por no saber qué decir; y al ver mi rostro y yo mirar sus ojos, noté cómo se le iba ensombreciendo el corazón.

—Has ganado la guerra, amor mío. Has derrotado a cada enemigo blandiendo esa maldita espada —me dijo, y me tomó de la mano con cariño—. No debes buscarla, no debes seguirla. Ya es tiempo de que disfrutes de la paz que nunca hemos tenido.
—Una paz que no existirá como tal si no tengo conmigo a Obsidiana. —Estaba desolado; aunque quise besarla, la aparté—. Sabes muy bien cómo fue forjada, y por qué. Si no la tengo conmigo va a aparecer otro que tome el lugar de ese bastardo, que hasta muerto sigue profanando mi orgullo y nuestra paz.

Quiso insistir, pero ya había tomado un caballo y marchado al galope. Ella se quedó abrazando a nuestro hijo, desconsolada por ver partir a su hombre. A su rey.



El caballo había muerto hacía mucho, pero mi obstinación, mi perseverancia, me mantuvo con vida. Esos recuerdos parecían de una vida ajena, como si hubiera sido solo un testigo de ellos.

Mi presente es mi búsqueda. Mi pasado era solo eso: pasado. El cielo sobre las tierras yermas por las que estoy vagando se va oscureciendo en el horizonte, y el viento ha empezado a soplar. Debido a la tierra caliente, el aire que la brisa lleva consigo es molesto y sofocante. El susurro que siempre sentía en mi cabeza, pero que traté de negar con todas mis fuerzas desde el desplante a mi pueblo y a mi familia, se ha estado haciendo más fuerte. Percibo la presencia de la espada; me llama, me implora que la encuentre. Quiere volver a mi mano y que conquistemos el mundo entero. Ella me necesita, me necesitaba y me seguirá necesitando, y yo la he perdido.

La energía que nos conecta, esa especie de lazo infinito que atraviesa el tiempo y el espacio, me indica el camino a seguir. Veo un pueblo en el horizonte, el más alejado de mi reino, el cual no espera mi visita. Aunque… yo tampoco los esperaba en mi sendero.
Todo el mundo sale de sus casas al verme caminando por la calle principal. Percibo la sorpresa que cierne al lugar, pero no me preocupo, solo debo seguir esta hermosa sensación. La pierdo. No, ahí regresa. Se desvanece… algo interfiere. Es el cariño de la gente que se me acerca, alegre, pensado que vengo a verlos y a traerles buena venturanza. Malditos inocentes, los maldigo en mis adentros y les grito:

—¡Idiotas! ¡Aléjense! ¡Se interponen en mi camino!

No me escuchan, o no me entienden. No puedo perder el tiempo. No más.
Sus cuerpos son frágiles, sus huesos se parten ante mis puños y patadas. Tomo a un viejo del cuello, y tras quebrárselo lo lanzo contra el gentío.
Ya no vitorean, si no que gritan de terror ante el espectáculo, y aquella maravillosa sensación volvió a mi espíritu. Mi mente oye nuevamente el llamado de ella, Obsidiana, y con cada muerte se escucha más fuerte. Con cada cadáver, mi fuerza aumenta.
Y así, el pueblo ahora fantasma queda a mis espaldas.


En lontananza las nubes se encuentran demasiado negras y los truenos se oyen cada vez más fuertes. El viento sopla y la tierra se mete en mis ojos, irritándolos.

Pasan días, meses, años, no lo sé… el tiempo es algo efímero. Así de fugaz se me hace… y así la veo. Allí esta, es ella. Finalmente… ¡la encontré!
Permanece clavada en el medio de un pedestal demasiado antiguo para mantenerse en forma, pero ahí está. El podio tiene muchas grietas y algunas fracturas, pero ella no. Ella se mantiene firme, indemne. Como siempre; gigante, con su vara y media de largo por un pie de ancho. Su pomo negro y blanco, con bellas incrustaciones labradas en plata y rubí, permite tomarla con una mano o con dos. Con la derecha, sí, debo sacarla con la derecha. Al tenerla en mis manos, al extraerla de su encierro, lo siento. Mis fuerzas renacen, mis ganas de vivir vuelven. Ya nada será como antes, nunca la volveré a perder. Lo prometo.

Qué extraño. Mi piel se está resquebrajando y está perdiendo el color. Se está tornando muy pálida, casi blanquecina. Pero no me importa, con esta fuerza voy a volver y aplastaré a todo aquel que ose oponerse a nosotros.

—Has seguido bien tu camino, Guerrero-Rey.

Es el brujo, en la forma de una especie de espectro tenebroso… Un momento. ¿Soy yo? No… me veo reflejado en él. Tengo las pupilas muy dilatadas y están fusionadas con el iris, son de un color rojo intenso. Intenso como el poder… No me veo en él, soy mejor. Él no es nadie, solo un vago recuerdo que necesita ser olvidado.

Ahora comprendo todo, el sentido de mi búsqueda. La razón de mi existir. Y le digo mis últimas palabras: —No. Mi camino recién comienza.

Y al decirle eso clavo la espada bajo el pecho del brujo, y veo cómo se esfuma como arena por el viento.

«El Rey-Guerrero ha muerto. Ahora, soy el Rey-Brujo».

El poder fluye como las olas que se elevan sobre la orilla del mar. Siento los hilos de mi mente controlando a seres poderosos, de pensamientos siniestros y sin vacilaciones. Con este ejército de no-muertos libraré una nueva guerra al mundo libre, y nadie conseguirá detenerme.

2 comentarios:

  1. Muy buen relato, Nikto! Tiene ciertas reminiscencias al Anillo Único que me gustaron. Y esa espada gigante... si hubiese conocido la Obsidiana en tiempos pasados, la habría usado en mi novela XD
    Saludos!

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    1. El anillo está en todos lados presente, jeje. La obsidiana está por todos lados, pronto voy a publicar el otro relato que hace mención a la misma piedra :).

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