viernes, 28 de junio de 2013

Tan negro como la obsidiana

Uno

—Buscaremos la pirámide de Quet’Hai-Long —comentó el alquimista al señalar un punto en un mapa más antiguo que el mundo. Miró a su comandante, el jefe de la Guardia Real, aguardando una opinión que no atendería si no era lo que deseaba oír en ese momento.
—Señor —dijo él—, está hablando de cruzar el Desierto del Cancerbero. Usted sabe que es imposible, jamás ha regresado nadie de allí con vida.
—¡Idiota! ¿Es que aún no lo comprendes? ¡Estoy hablando de inmortalidad! En esa pirámide se encuentra mi salvación a un castigo eterno. Con nuestra ciencia es posible cruzarlo; he descubierto, estudiado y construido artefactos con los que ningún otro reino pudo siquiera soñar.
El anciano hablaba con verdad. Gracias a él se había dominado la tecnología de las ruinas de civilizaciones antiguas, descubriendo que con los huesos de dragón la energía era ilimitada para aquellas armas perdidas eones atrás. El coste de la guerra a un culto religioso para cazar a los reptiles gigantes fue insignificante, comparado con el reino que forjó.
—Muy bien, haré los preparativos entonces. ¿Qué necesitamos?
—En este lugar los compases no funcionan, ni siquiera los forjados por mis manos. Pero... tengo una idea desde hace un tiempo. “Invitaremos” a la sensual oráculo del Templo de las Estrellas, que seguramente, a pesar de su ceguera, sabrá indicarnos el camino.
—Como ordene, señor —. Lawrence hizo un saludo formal y se dispuso a salir de la sala.
—¡Algo más! —dijo el anciano, mientras se acercaba al caballero—: Escoge a unos pocos caballeros de tu entera confianza, y contrata a un grupo de mercenarios que puedan emplearse como cebo para las bestias del desierto... De ser necesario, claro.
La sonrisa ladina del rey alquimista dio por finalizada la reunión.