lunes, 23 de diciembre de 2013

Martillo de enemigos

Habían sido elegidos para liberar a Larsson. Los Cara de Hierro lo habían atrapado en una emboscada y se lo habían llevado a la Ciudadela Blanca, aquella vasta fortaleza que flotaba sobre un abismo. El plan de El Viejo sugería entrar en la misma y aguardar a que el camino a la celda estuviera despejado. Seguirían los pasos indicados por El Rata, estratega y amante del queso por igual, quien conocía la ciudadela desde su tiempo como prisionero. Todos creían que el plan era una locura por parecer improvisado, pero no tenían mucha opción; Larsson era de vital importancia para el ataque. El Viejo confiaba en el ego de sus enemigos para dejar desprotegida una zona que pensaban imposible de alcanzar. El hombre entrado en años solía ser seguro de sí mismo; seguridad que contagiaba con sus palabras.
Con el Sin Sombra, el deslizador espacial—aquel vehículo que habían hurtado con dispositivo de invisibilidad—, llegaron a las alcantarillas del oeste de la ciudadela. Se metieron en el agua pútrida con ropas miméticas, aquellas con las que se camuflaban automáticamente con el entorno. Avanzaron lento contra la corriente, hasta dar con el pasadizo que mencionó el Rata. Subieron unos metros hasta alcanzar una puerta de acero reforzado y Ben hizo lo suyo para hackearla con su brazalete. Tras pasar, se encontraron ante un paisaje desconcertante: paredes de ladrillos tan antiguos como las películas de monstruos antiguas. Musgo y humedad rodeaban el pasillo y las escaleras, el angosto túnel cilíndrico que las protegía era una serpiente oscura que descendía hasta el infinito, apenas iluminada por algunas antorchas artificiales. Los tres activaron el secado de sus ropas y comenzaron a bajar, hasta llegar a donde se encontraban en ese momento.

—Esto ha sido fácil, demasiado fácil para mi gusto —dijo Ben, bajando por las escaleras que serpenteaban en la penumbra, con un atisbo de desconfianza en su mirada.
—Podría ser una trampa, pero no por eso podemos acobardarnos —sugirió Kirk, el robusto personaje de azabache cabellera, que iba al final del trio.
—Odio este lugar, me hace recordar a las viejas películas de mediados del siglo XX, aquellas de monstruos, ¿no creen? —comentó con gesto abrumado la menuda Adria; su corto cabello rubio estaba aún más rizado por la humedad—. ¿Cómo existen unas mazmorras tan tenebrosas?
—Ad, ya deberías dejar las películas de hace 200 años. Aunque, a decir verdad, espero no encontrarme a ningún vampiro u hombre-lobo —susurró Ben, burlón, mientras se detenía ante la bifurcación del camino en el final de la larga escalera. Hizo un gesto para que guardaran silencio, realizó una secuencia con los dedos en su brazalete de energía y un mapa holográfico se mostró a su alrededor. Tenían el camino libre ya que no había ningún guardia próximo. El Viejo, líder de los rebeldes, había estado en lo cierto.


El pasillo era largo y estaba desierto. Tenía unos tres metros de ancho, algunas puertas de acero negro a cada lado. Todas tenían un orificio circular en el centro, un pequeño agujero para que pasara el oxígeno necesario para sobrevivir. Caminaron durante una hora, observando que cada celda estaba vacía o con muertos; no había respuestas a sus susurros. Las antorchas de fuego químico dejaron de acompañarlos. El resto del camino era una densa oscuridad en la cual no podían siquiera intuir el final. Adria se aferró al brazo de Ben que, al sonreír con suficiencia, dio una orden y los tres activaron sus blazers que brillaron con una luz opaca, alumbrando alrededor. El joven del brazalete volvió a recurrir a su herramienta y esta vez el mapa holográfico mostraba un triángulo rojo, titilante, que indicó su destino: la última celda.
«Falta poco», pensó.
Necesitaron media hora más para alcanzar el punto. La compuerta era el doble de grande y parecía mucho más fuerte que las otras que habían pasado en el camino. Kirk golpeó con fuerza y llamó con apuro al supuesto cautivo. Un leve alarido se dejó oír por el orificio circular del centro de la puerta.
—¿Larsson? —preguntó Adria, mientras trataba de ver por el agujero; pero solo una negrura se extendía ante sus ojos.
—A un lado, Adria —ordenó Kirk, y se sacó el blazer dejando el torso al descubierto. Todo su brazo izquierdo era de un metal plateado, que reflejaba la luz. Los circuitos que se veían entre las articulaciones brillaron y los músculos crecieron, la mano se encerró en un puño que parecía una gran bola de acero. Los otros dos se apartaron un poco más, para que Kirk tomase el impulso necesario y así golpear la puerta con fuerza, la cual no flaqueó tras el primer intento. Siguió golpeándola, primero con golpes secuenciales y pausados por un breve lapso. Continuó con más puñetazos, con mayor rapidez y una furia que iba creciendo con la velocidad. La fuerza fue incrementándose de igual modo, y la puerta se fue dañando cada vez más hasta que cedió, se rajó y el grandote la pudo arrancar de cuajo.
Entraron con fervor, envalentonados por la furia intensa de Kirk y el destrozo de la puerta. Al fondo de la celda, acurrucado en una esquina, se encontraba un desvalido y flacucho joven de cabellera blanca y tez muy pálida. Levantó la mirada y mostró ojos sombríos, sin vida.
—¿Quién...? —susurró, exhalando un resoplido débil, como si tan solo hablar le doliera.
—¡Larsson! ¡Reacciona! —gritó Kirk, levantándole con firmeza. Cruzó el débil brazo por sus hombros sin problemas, pues tenían casi la misma altura.
—Escucha, Larsson —susurró Ben—: ¿Sabes quienes somos?
El joven de pelo blanco los miraba extrañado, con desconcierto, y no articuló palabra. Adria hizo a un lado a Ben, se acercó al cautivo y con las dos manos le sujetó la cabeza.
Larsson se quiso alejar, pero no pudo. Un calor extraño lo envolvió, y vio cómo a la chica de los grandes ojos verdes le brillaban las palmas de las manos con un fulgor celeste. Tres puntos luminiscentes aparecieron en la frente de ella, y comenzó a sentirse mejor.
—Perdió la memoria, como todos los que terminan en la ciudadela. —comentó Adria a sus compañeros. Luego se dirigió, imperativa, a Larsson: —Escucha, presta atención a mi voz. Tu memoria ha sido eliminada; el lóbulo temporal, limpiado. Pero hay una manera de recuperar la información que persiste en los genes, mal que les pese. Te contaré lo importante e irás recordando todo, poco a poco.
Mientras los otros vigilaban el pasillo, ella continuó con su labor.
»El siglo XXI fue testigo del nacimiento de una nueva raza de humanos: más bellos, esbeltos, elegantes; superiores. De dónde salieron es un misterio. Pero fueron apareciendo poco a poco, primero inmiscuidos entre otros hombres y mujeres parecidos, de semejante belleza. Sin embargo, algo los hacía distintos. Algo intangible, invisible y poderoso.
Kirk lo dejó solo y volvió al lado de Adria, impaciente, para pedirle al oído que se apurara, pero ella lo ignoró. Salió por la puerta y dejó que la joven psi siguiera con su trabajo.
»En fin, cerca del 2040 la población de estos seres se multiplicó por miles de miles, y comenzaron a tomar los rangos de alto poder en las jerarquías empresariales y roles políticos. Su increíble longevidad produjo cambios drásticos, haciendo que la esperanza de vida del resto de los humanos disminuyera. Pasado el 2070, los de larga juventud se convirtieron en los dueños de todo y se revelaron como la siguiente escala en la evolución. Se llamaron Tareldar, en honor a los altos elfos de un escritor llamado Tolkien.
»Llegamos a la conclusión de que esta raza fue creada por alguien o algo. Y resultó ser que, pese a que hubieran alcanzado un poder incalculable, tanto económico como político, sus cuerpos comenzaron a marchitarse como la más débil de las flores. Tanto que debieron comenzar a usar máscaras de hierro para no perder su orgullo y caer en la locura.
»A pesar de ello, se mantuvieron en su poder y nos cazaron como animales, para esclavizarnos. Fue así que tuvimos que pasar a la clandestinidad y organizarnos de algún modo. Tras varias estrategias fallidas, la mejor fue la planeación de ataques por escuadrones de cuatro personas; cada una con una habilidad concreta y que sea compatible con la de los otros miembros. Cada equipo resolvía misiones pequeñas para ir debilitando al poder de los eternos. Si uno de nosotros, o de algún equipo, muriera, desapareciera o se volviera loco, sería como si le pasara a todo el grupo. Y si el equipo no cumpliera con su misión impuesta, perdería su sentido de existencia. Fue la única manera de alcanzar objetivos puntuales, y es por eso que sin ti, Larsson, no somos nada. Te necesitamos. Tenemos que terminar la misión.
Silencio. Adria observó que Larsson no había parpadeado durante todo su relato. Ella sintió que tampoco lo había hecho. Estaba en lo cierto. Sus ojos lagrimeaban cuando pestañeó varias veces, para lubricarlos. Larsson seguía perdido en sus pensamientos, si es que los tenía. Habló, con un tono monocorde:
—Necesitan... Necesitan al disparador. Esa es mi función. Adria... —Sus ojos recuperaron el brillo perdido de la memoria— Lo recuerdo.
Adria se alegró de corazón y lo apretó en un abrazo apasionado. Cuando lo soltó, Ben estaba a su lado con cara de pocos amigos y dijo, arrastrando las palabras:
—Me alegra el reencuentro, pero no podemos perder más tiempo. ¡Kirk, pásame los léisar!
Kirk lanzó dos revólveres de platino que emitían brillos luminosos en ambos lados. El cañón de uno era largo, casi un pie de longitud, mientras que el del otro era la mitad; ambos tenían el mango de madera. Larsson los tomó al vuelo y los miró, como reencontrándose con dos buenos amigos de la infancia. Adria le puso un cinturón sintético con fundas, que cruzaba en diagonal el pecho del joven canoso, y éste guardó los léisar.
Volvieron por el mismo camino guiados por Ben. El hacker no encontró guardias tampoco en las cercanías, y al único que le parecía extraña esta situación era a Kirk, quien lo mencionaba cada diez pasos. Todos le repetían que no se preocupara, que diera gracias de que esa era la situación en vez de una batalla desigual.
Sin embargo, fue como si lo hubiesen escuchado. Dos docenas de hombres con máscaras los estaban esperando cuando terminaron de subir la larga escalera. Las orejas puntiagudas ayudaban a identificarlos; eran Tareldar, sin duda. En los últimos años se había dado el caso de fanáticos pro-elfos, que usaban máscaras muy parecidas, pero los hombres comunes no poseían esas orejas. Todos estaban armados con arcos de metal que disparaban flechas de energía lumínica.
Ben desplegó cuatro paneles holográficos frente a sí para coordinar las funciones biomecánicas de Kirk, cargar las armas de Larsson y estimular los implantes psiónicos de Adria.
Al grito de «¡Es tu turno, Ad!» por parte del hacker, la dama puso sus dedos índices y mayores juntos en las sienes y un campo de fuerza color índigo los cubrió, como una gran esfera. Ben hizo una leve seña a Kirk, que se apoyó a un costado de la esfera que los rodeaba, y comenzó a hacer girarla con paso lento y firme; mientras en el interior los otros tres miembros del equipo flotaban como si la gravedad se hubiera desvanecido. Los Teraldar ya estaban golpeando con sus flechas, pero no lograban hacer daño alguno. Eso fue aprovechado por Larsson para eliminarlos con sus disparos que traspasaban a la energía circundante como si no estuviera. Mientras, la esfera tomó una velocidad vertiginosa al compás de los pasos cada vez más rápidos del grandote.
En el momento que la bola psi destruía una gruesa puerta para salir volando, la Sin Sombra los esperaba en el abismo, con la portezuela del techo abierta de par en par. En caída libre tomaron aún más velocidad pero, cuando llegaron al suelo de la nave, se redujo y cada uno apoyó los pies en el suelo con delicadeza mientras la energía desaparecía con una dulce cadencia. La nave cerró la puerta mientras varias cazas pequeñas se acercaban a ella. Ben tomó asiento en la cabina del tripulante, se puso una diadema en la cabeza, cerró los ojos concentrándose y la nave aceleró con fuerza, saliendo de la atmósfera en pocos minutos para entrar en el hiperespacio. Dejaron a sus enemigos perdidos a la deriva.


Momentos después llegaron a una gran nave nodriza y entraron por una escotilla. Muy despacio, el deslizador alcanzó la gravedad de la Gran Pirámide; aquella vasta nave espacial, con forma de triángulo de cuatro caras que se proyectaba sobre el océano de estrellas, la cual habían robado en la que fue una de las misiones más importantes de las últimas décadas, que había costado la vida de varios escuadrones completos. Larsson fue a la cabina para ver si todo marchaba bien, aunque desde que habían ingresado al hiperespacio su cabeza no paraba de dolerle. «Muchas emociones juntas», pensó.
—Al final no me contaron de qué se trata la misión... —comentó por lo bajo el joven de cabellos plateados, mientras se sostenía la frente tratando de soportar el dolor.
—El Viejo es el único que tiene permitido decírtelo, ya pronto te enterarás. Ahora necesito tranquilidad para el aterrizaje.
Ben se concentró totalmente en los controles.
Larsson se encontró con Adria en el compartimiento principal y se pusieron a conversar, de cualquier tema sin importancia, con tal de hacer la espera menos tediosa. Kirk se mantenía distante, descansando en un rincón con las piernas apoyadas a lo alto sobre una pared.
Tras una sacudida de la nave, se oyó la voz de Ben por los transmisores anunciando que ya podían descender.


El Viejo los aguardaba, como siempre, en la sala de El Gran Pasar: su oficina y comedor principal. Era la hora de descanso por lo que estaba desierta. Mientras esperaba su tercera cena, se mostró contento al ver de nuevo a Larsson entre los suyos. Dejando la bandeja a un lado se acercó a saludarlo, y al momento notó que algo andaba mal.
—¿Está bien? Lo noto con la mirada un tanto perdida —preguntó el Viejo.
—Sí, señor —respondió complaciente Adria—, debe sentirse un tanto cansado y contrariado por todo lo vivido. Su mente pronto volverá a ser lo que era.
—Bueno, tampoco podemos pedir mucho —se burló Kirk, mientras soltaba una carcajada. El hombre gordo y canoso lo palmeó con ahínco tratando de que su risa disminuyera, pero solo provocó que esta se alargara.

Sin embargo, las carcajadas no duraron mucho más.

Un rayo atravesó la panza del anciano, desparramando sus intestinos. Trató de taparse el gran agujero con las manos y una expresión de terror quedó plasmada en su muerte. El cuerpo inerte, yaciendo en el suelo, mantuvo la mueca tenebrosa. El siguiente rayo desintegró el brazo con el brazalete de Ben, quien profirió un grito que retumbó por todo el enorme salón hasta que fue apagado por otro disparo. Uno que atravesó su garganta. Kirk ya se estaba acercando a un Larsson que, con la mirada fría y unos movimientos ágiles y certeros, había matado a dos personas en pocos segundos; ambas piezas fundamentales de un futuro que se perdía como fragmentos de un cristal roto. Larsson esquivó al guerrero con un giro demasiado veloz para él. La finta duró el tiempo suficiente para ponerle una traba, provocar su caída y poder liquidarlo con dos disparos: uno en la cabeza y otro en la espalda.
Adria miraba petrificada la escena; tan macabra, tan siniestra. Las lágrimas rodaban por sus mejillas, pálidas por el susto y por la luz que los iluminaba. La sala era una mezcla de rojo y blanco. El silencio interrumpido solo por el constante zumbido de los léisar era espeso, lúgubre. Los sollozos de la joven eran inaudibles y solo pudo articular una pregunta:
—¿Por... qué?
—Eres ingenua —su voz sonó distante, gutural, como si procediera del más profundo de los abismos—, tuviste la nefasta suerte de ser la compañera de quien seleccionamos para ejecutar nuestro golpe de gracia. El hombre que tú llamas Larsson ya no existe, fue convertido en una señal viviente para nuestro ataque. Es tiempo de que llegue el fin de la rebelión, soy Christopher e invoco a la jugada final: ¡Glamdring!

De repente, las manos de Larsson comenzaron a temblar a la vez que una alarma intermitente se escuchaba desde las entrañas del joven canoso. Las armas apuntaron a Adria. Él mostró, por un instante, un gesto dubitativo y sus brazos se movieron, forzados por un recuerdo perdido, hacia arriba hasta terminar con el cañón apoyado en su frente.
Las lágrimas afloraron en el traidor que no pudo soportar ser controlado y, con un esfuerzo descomunal, accionó el gatillo y la sangre llegó hasta el rostro de la joven.

Cuando los soldados en la estación espacial se dieron cuenta de que algo pasaba, fue tarde.
La alarma de Larsson no se había detenido. Sonaba más fuerte y rápida.

En la tierra, en lo alto de una torre, un hombre entrado en años sonreía con suficiencia. Fumaba en una pipa con aire pausado. Entró en la sala un elfo enmascarado y le anunció:
—Con permiso, mi Señor, la alianza rebelde ha sido menoscabada. Ante la señal del «Martillo de Enemigos» hemos disparado el cañón de partículas hacia donde apuntaba el neurotransmisor, y la destrucción fue total. En nombre de su padre, John Ronald Reuel, quien no pudo lograr lo que usted sí, le doy mis felicitaciones.
El hombre, cuyos ojos demostraban muchos más años que su rostro, exhaló círculos de humo que giraron hasta desvanecerse.
Su «gracias» salió dirigido a la lluvia de estrellas.

4 comentarios:

  1. Hola Nikto
    Después de visitar tu blog varias veces, he decidido nominarte a un Liebster Award por los buenos ratos que he pasado leyendo lo que has escrito. Saludos

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    1. Hola Uxío! Te agradezco mucho por la nominación! Y lo que más me alegra es que te haya hecho pasar buenos momentos.

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  2. Nikto! Aprovecho para pasar por la misma razón, premié a tu blog con un liebster award. Espero poder ayudar con ello, te dejo el link a mi blog para que puedas echarle un vistazo a esta mención, y tal vez también te interese participar: http://elreinadodelcaos.blogspot.com
    Gracias y saludos!

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    1. Groso Kilgor, gracias!! Ya estuve investigando así que pronto haré las entradas correspondientes :D. Gracias a vos y un saludo!

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